Herederos de Angkor

Al llegar al paso fronterizo de Poipet, desde Tailandia, un tráfico incesante de carros tirados por hombres nos da la bienvenida a Camboya, pasamos bajo un arco emulando a pequeña escala las formas de Angkor Wat, por un camino de tierra maltrecho por la lluvia conseguimos llegar a Siem Reap, un viaje largo y cansado.



Camboya gira en torno a Angkor, es el pasado, el presente y el futuro de un pueblo castigado duramente por experimentos políticos e ideológicos. Angkor es un conjunto maravilloso de templos, Angkor es el símbolo nacional que se refleja hasta en su bandera, Angkor es la cerveza, mucha gente se llama Angkor, Angkor es el orgullo de un pueblo que ha sido víctima de sí mismo. No me imagino a Camboya sin Angkor.


El conjunto de templos de Angkor no se ha visto libre de la ambición descontrolada y de la codicia humana. Siem Reap, pueblo muy cercano a los templos, contrasta enormemente, si lo comparamos con lo visto en los 200 kms desde la frontera con Tailandia. De repente las calles se tornan asfaltadas y los hoteles de 5 estrellas muestran un lujo exuberante. El conjunto de templos es considerado una de las maravillas del mundo, y es objeto de demanda de las clases más pudientes de todo el planeta, muchos llegan en su jet privado, se hospedan en los lujosos hoteles, visitan los templos y con la misma se van. ¿Y qué pasa con el resto de Camboya?. Todo sería perfecto si los gobernantes dedicaran parte de los jugosos ingresos del turismo a mejorar las paupérrimas condiciones de vida de las gentes de Camboya que viven en la periferia de Angkor, al menos pasar un tractor por la pista de tierra para hacerla transitable, que en ocasiones pudimos continuar nuestro camino gracias a la ayuda voluntaria de algunos campesinos al poner troncos en los baches inundados para que el destartalado autobús pudiese seguir adelante.


Song, propietario de una casa de huéspedes familiar en Siem Reap, se mostraba muy descontento con el régimen de Hun Sen, altamente corrupto, éste señor,- me decía Song, cuenta con más de 3.000 hombres para su seguridad personal. Enseguida entendí por qué la riqueza que genera Angkor no llega al pueblo, la mafia instalada en el poder la necesita para subsistir y seguir engordando.


Song, profesor de vocación y padre de 2 hijos, no ejercía, lo mal pagada que estaba su profesión lo empujó a construirse su casa de huéspedes. Ahora las cosas no iban mal, pero su optimismo estaba sesgado. Me comentó que él mismo se encargaba de la educación de sus hijos y que lo hacía en su casa, fue entonces cuando quise indagar en la vida de Song, para intentar descifrar las raíces de la desconfianza que impera en el país de los jémeres .

Soy un hombre afortunado, me decía Song, al poco de llegar al poder los jémeres rojos en el año 1975, entraron en mi colegio y asesinaron la misma mañana a todos los profesores.
Oír aquello me dejó atónito.-¿Por qué te consideras afortunado, eras profesor en ese entonces y salvaste la vida?,-le pregunté.
No, yo era alumno,-me contestó.Me quedé pensativo, intentando imaginar la barbarie. ¿Por qué te consideras afortunado entonces, si no eras profesor?, - proseguí.
Yo tenía muy buenas calificaciones,-continuó Song, los alumnos con buenas notas fueron reclutados seguidamente e igualmente ejecutados. No se fijaron en mí, tal vez por error. Luego te hacían preguntas trucadas para ver si sabías francés. Yo lo hablaba muy bien. A mi la matanza me dejó mudo, mi instinto de supervivencia me ayudó, sólo movía la cabeza. Entonces me mandaron a los campos de arroz, allí seguía el infierno, había que trabajar de sol a sol, seguir mudo y rezar. Cuatro años después llegaron nuestros sempiternos “enemigos” vietnamitas a salvarnos de aquel horror.


Las palabras de Song me revelaron in situ, la tragedia de los camboyanos, aquel pasado esplendoroso, reflejado en la belleza de sus templos quedaba muy lejano. Los jémeres rojos llegaron al poder en 1975, tras 6 años de contienda civil, el pueblo los recibió con júbilo, cansado de la guerra, lo peor estaba por venir. Inmediatamente comenzó el experimento humano, se trataba de crear a un “hombre nuevo”, se exterminó todo vestigio cultural material y humano, la “población muda” que se salvó fue trasladada al campo, las ciudades se quedaron vacías y el país se convirtió en un inmenso campo de concentración.



Camboya actualmente es un caos, si nos ponemos en la piel de cualquier camboyano sería fácil de entender esta situación. No hay una sola familia que no sea víctima de ese infierno donde sólo en 4 años perdieron la vida el 25 % de la población. Impera la desconfianza, herencia del pasado reciente, nadie se fía de nadie, el primer ministro necesita 3.000 hombres que lo custodien. Ante tales niveles de desconfianza las relaciones humanas y comerciales se vuelven muy difíciles, el gobierno no es fiable, las instituciones tampoco, ni el profesor, ni el vecino. La gente se refugia en la familia, cómo única institución segura, la sociedad está fragmentada, dando lugar al caos.


Los monumentos al genocidio: los campos de la muerte, y el S-21 (instituto de enseñanza convertido en centro de torturas durante el régimen de los Jémeres rojos), nada tienen que ver con los templos de Angkor. Los primeros son la vergüenza de un pueblo que no quiere olvidar lo que allí pasó y los últimos son la esperanza y el orgullo de la nación.
La pregunta es ¿ cuanto tiempo se tardará en olvidar lo ocurrido, y convivir con menor desconfianza?, la respuesta es: tardará años, quizás generaciones. No sólo perduran las secuelas psíquicas, aún hoy en día se calcula que cada día hay 4 nuevos casos de accidentes con minas antipersonales, siendo los niños las principales víctimas.


Observo los niños de Song, los herederos de Angkor, corretean sonrientes por el patio de la casa. La abuela, muy mayor y delgada, los observa también, Dios sabe lo que ha vivido esa anciana, leo su mirada, reza, para que los niños nunca pierdan esa alegría, para que nunca pasen lo que ella pasó, pues probablemente ella tuvo una infancia igual, de juegos y sonrisas, sonrisas que un día se borraron para siempre.

Cierro los ojos y pido un deseo. <volver atrás>