TAILANDIA – La noche mágica.

La brisa sabe a perfume, tumbado en la hamaca bajo los cocoteros dejo que la tarde caiga a su antojo. La luz del ocaso va formando siluetas caprichosas con todo lo que va pillando a su paso. En la playa, cerca de la orilla, observo el perfil misterioso de Julian, hicimos buenas migas desde los primeros días que llegué al Golden Light. Se encontraba sentado, con su espalda apoyada en el tronco de una palmera, su imagen, emulaba a contraluz,el pensador de Roden y cómo un imán algo me atrajo junto a él. Me senté a su lado.



Sin preguntarle nada empezó a hablarme. Había mucha gente en la playa-me decía-, como sabes, en Ko Phangan hay fiestas todos los días, pero no puedo quitarme de la cabeza aquella noche de fiesta de la luna. Salí con unos paisanos que conocí aquí en estas cabañas, monté en la moto de uno de ellos y salimos hacia el pueblo,- continuó Julian, la playa era un espectáculo de fuegos, gentes diversas, antorchas,música, luces y sombras en la insinuante noche, el alcohol lo bebíamos en pequeños cubos con los que los niños hacen los castillos de arena. Al final de la playa, sobre una enorme roca, se muestra de forma imponente un garito de iluminación insinuante, todo el mundo sabe que allí te sirven por 500 baths una bebida a base de hongos psilocybes.


Conocía la playa, la fiesta y el bar pues el año anterior estuve por primera vez en esta isla, sin embargo no interrumpí a Julian, dejé que siguiese hablando, conforme hablaba mi curiosidad se acrecentaba.


Nos tomamos uno por cabeza, bajamos las escaleras del garito mirador y caminamos por la playa hasta donde estaba la multitud-me contaba Julian- a todos nos dio un subidón y los juegos de luces se tornaron sobresalientes y la música divina en la noche mágica. El verdadero colocón me llegó, mucho más tarde, cuando las luces se volvieron cómplices al unísono para formar la silueta de una Diosa, que se plantó ante mis ojos, con su larga melena negra, tez morena y ojos grandes y rasgados, un cuerpo escultural y detrás la espuma de las olas de la playa, no existía nadie más desde que la vi, ¿sería Lemanja, la diosa brasileña que reina los mares?, ¿y si era, qué hacía en el sudeste de Asia?


Mientras Julian hablaba, no pude evitar que me viniesen a la cabeza, las sensaciones que había tenido días atrás sobre la isla, y llegué a la conclusión que había un desequilibrio de energías. Por un lado la onda de los juergüistas de las raves, de las fiestas psicodélicas al más alto nivel, y por otro lado y a sólo unos pasos, o entremezclados, la onda de los lugareños, los pescadores, las peladoras de cocos de manos agrietadas. Estas ondas tan dispares hacían que en muchas ocasiones hubiesen fricciones hasta tal punto que unos trataban a los otros como alienígenas.

Un impulso me atrajo hacia ella. Sin mediar palabra nos cogimos de la mano, supe entonces que no era una Diosa, pues era tangible. Y empezamos a caminar por la orilla de la playa de los amaneceres de Hat Rin, nos alejamos de las luces, de la música, hasta que la noche se volvió oscura y severa mientras las olas rompían en la orilla, y fue ahí cuando nos besamos y con sus labios baño mi cuerpo- Julian se estremecía al hablar-.En ese momento-prosiguió- intuí que aún debía de estar drogado pues nunca tuve tal sensación al besar a nadie, pero al mismo tiempo pensé, ¿y si no lo estoy?. No le di más vueltas, ella me preguntó que donde me hospedaba, al otro lado de la isla-le contesté. Se ofreció para llevarme en su moto y al poco éramos dos jinetes que surcaban la peligrosa carretera que lleva a Thon Sala.


¿Ves ese cocotero adentrándose en el mar?- me preguntó Julian- si, lo veo-contesté-. Pues ahí nos acariciamos con locura, y luego fuimos a mi cabaña. ¡Era una Diosa!, sí tangible, pero divina pues no tenía sexo.



En ese momento, fui yo quien dudó. No supe si Julian había tenido alucinaciones la noche del idilio o las estaba teniendo ahora en el momento de contármelo. Pero no quise interrumpirlo, cambié de posición y le miré fijamente. No parecía que bromease, ni mucho menos drogado . - ¡No tenía sexo!, exclamé-.


Nos entregamos al deseo, ella era muy ardiente, pero nunca me dejó acariciarle su sexo, en cuanto lo intentaba me invadía con besos calientes por todo mi cuerpo y me decía que esa noche no podía hacer el amor, que ya llegaría el momento y que éste estaba muy próximo. No le di más importancia. El Sol estaba ya bien alto y se marchó. Se fue, y me quedé con su aroma en la almohada y el deseo de verla esa misma tarde, me acurruqué y dormí. Al despertar salí cómo flotando de mi cabaña y me acerqué a la playa, todo parecía un sueño, demasiado bonito para ser real, con aquel cocotero inclinado sobre el mar, imagen del paraíso. Me fui al bar y me encontré con mis paisanos, uno de ellos me dijo: ¡Julian esta mañana han visto salir un transexual de tu cabaña!

 

Decidí no volver a verla, y quedarme con su silueta en la noche, sus besos llenos de deseo, alma felina de una Diosa, sin sexo, que por verla muero, que vino del mar y por él se volvió a marchar.

<volver atrás>